martes, 24 de enero de 2017

GESTOS Y MIRADAS

Perseguidos por la insólita locura del ardor de sus mundos ellos solían hallarse de vez en cuando. No para desdibujarse en frenéticos caudales de pasión, sino para escribirse poesías el uno al otro sin tipografía alguna.

Con simples gestos y miradas eran capaz de solucionar riñas de años y días pasados. Ellos te enseñaban que la vida no era perfecta ni mucho menos que el amor mutuo pudiera entenderse de esa manera.
Era sólo eso, amor. Amor del puro, con sus calmadas brisas de verano y sus huracanados vientos, amor de pasión y compresión, amor de espectáculos enormes y escondites lúgubres. Amores de esos a los que la gente les teme porque les cuesta entender algo verdadero y con los tantos afanes les da pereza andar contruyendolo en la vida.

¡Vaya que habrán estado cerca de ceder a sus peores impulsos! Pero tanto frenesí se quedó paralizado poco antes porque no había impulso que le gane a la convicción de cuidarse el uno al otro más allá de un simple y débil compromiso.
Por años no claudicaron y sus pies se  mantuvieron en su sitio. Pintandose sonrisas el uno al otro como si ya no hubiera nada más que pintar en este planeta, fotografiando cada mueca por si fuera la última vez que la vieran.

Los años pasaron y los enjambres de sus sentimientos no perecieron. Zumbaban al ritmo de sus acelerados corazones cada vez que se aproximaban el uno al otro. Y se abrigaban en sus cálidos abrazos en el frío del invierno de sus vidas.
Y un día el invierno se llevó a uno de ellos. Y nunca hubieron tantas lágrimas quemadas en el borde de una sonrisa que rememoraba lo mejor de ellos. No había nada que lamentar cuándo se supo que ellos hicieron lo que mejor sabe hacer un ser vivo... Amar. Amar hasta que los dos pudieron reunirse de nuevo y recobrar la eternidad que un día se prometieron, sin papeles ni escritos, sólo con gestos y miradas.

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