Te contoneas en mis sueños a diario.
Te meces en un vaivén errático por mis memorias.
Y nadas hasta la orilla de mis deseos.
En sombras preferidas de los navegantes.
Y te retuerces en un sinfín de risas.
Me haces cosquillas el alma cuando bromeas conmigo.
Y no te puedo refutar.
No te puedo hallar de otra manera.
El beso que muero por darte se hace tan lejano.
Lo esquivas de a ratos y de a ratos pareces proponerlo.
Y en tus ojos las hogueras se apagan y vuelven a encenderse,
Y tomo nota del momento, lo retrato y lo guardo.
Lo saboreo por horas en mis papilas gustativas.
Y no tengo salida del refugio que encuentro en tu amor.
Dejame apartar horas de mi vida para tu encuentro.
Horas que duren días y días, que duren años.
Y así poder vivir en un mar de sonrisa eternas.
Donde las lágrimas te hagan rebalsar de vitalidad.
Y no me necesites sino que me elijas.
De todo el universo de tu existencia.
Colisiones con mi mundo a cada segundo.
Por razón y voluntad. Por tu loco albedrío.
Y agradeceré esos instantes continuamente.
A la fuerza cósmica que nos arrebato para ensamblarnos al lado del otro.
Y dormiré en paz siete años, siete años de setecientos días, setecientos días de siete mil horas.

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