En la agonía de esos últimos días, de un adiós en pausa.
De hablar y hablar sin tener oídos que oigan. La secuencia interminable de la incertidumbre. Sentir que las paredes te aplastan lentamente en tu impotencia. Cerrar los ojos y ver solo llanto.
De todas las fotografías mentales de ese momento. La mente juega y recuerda todo aquello. Se hace adicta y no quiere parar.
De hablar y hablar sin tener oídos que oigan. La secuencia interminable de la incertidumbre. Sentir que las paredes te aplastan lentamente en tu impotencia. Cerrar los ojos y ver solo llanto.
De todas las fotografías mentales de ese momento. La mente juega y recuerda todo aquello. Se hace adicta y no quiere parar.
Y yo no puedo hacer caso omiso a todo ese triste placebo. Me aturde en las noches en donde el sueño me abandona. Donde se recuerda cada palabra y gesto. Cada escrito, cada frase, los modismos.
Se percibe el viejo olor de las memorias de charlas interminables. La melodía de las risas compartidas que hacían al mundo un lugar habitable. De tardes sin decir ni una sola palabra pero disfrutar igual de la compañía una vez más., De exhibirse mutuamente desilusiones para sentir la anestesia de la presencia persona. Del tiempo golpeando en el rostro cuando las horas traicionaban el itinerario de sentirse acompañado.
Se percibe el viejo olor de las memorias de charlas interminables. La melodía de las risas compartidas que hacían al mundo un lugar habitable. De tardes sin decir ni una sola palabra pero disfrutar igual de la compañía una vez más., De exhibirse mutuamente desilusiones para sentir la anestesia de la presencia persona. Del tiempo golpeando en el rostro cuando las horas traicionaban el itinerario de sentirse acompañado.
Los demonios aplauden presurosos a nuestra fatal falta. Las noches inextensas suben escalones sigilosamente sin prisa de llegar al amanecer. Y en los puertos de los recuerdos desembarcan naves llenas de carga y navegantes ebrios de melancolía. Preguntas y más preguntas sin respuesta. Valles morados de imsomnios que razgan la pared.
Y surge el pequeño comezón en el corazón. La picadura dolorosa de la realidad riéndose de nosotros. Ahí, donde el calendario nos dice que ya no se puede hacer nada, que ya pasó.
Donde el espacio y la materia nos susurran que lo único que podemos hacer es recordar con una pequeña sonrisa a pesar de los ojos nublados. Donde la ausencia nos insinúa que nos va a trasmitir fortaleza, ganas de seguir, de hacerlo por quién se fue pero que cuando estuvo nos hizo sentir que creía en nosotros. Que fuimos parte de su motor y que en cada pensamiento suyo nos tenía presentes.
Y surge el pequeño comezón en el corazón. La picadura dolorosa de la realidad riéndose de nosotros. Ahí, donde el calendario nos dice que ya no se puede hacer nada, que ya pasó.
Donde el espacio y la materia nos susurran que lo único que podemos hacer es recordar con una pequeña sonrisa a pesar de los ojos nublados. Donde la ausencia nos insinúa que nos va a trasmitir fortaleza, ganas de seguir, de hacerlo por quién se fue pero que cuando estuvo nos hizo sentir que creía en nosotros. Que fuimos parte de su motor y que en cada pensamiento suyo nos tenía presentes.

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