“ - ¿Eso es todo? ¿Ahora me dejarás? –dijo como claudicando la pregunta.
- Sabes bien que conoces la respuesta –replicó mientras toda prueba de fortaleza abandonó su rostro-. No se como decírtelo.
- La puerta estará siempre abierta –susurró levemente-. En cierta manera.
Y entonces Brunna
revisó su interior para ver si podría encontrar un poco de ese coraje que se
había perdido en la media hora de trayecto hasta la casa de Lola. No lo halló.
Sus miedos y
hasta sus deseos esquivaban a toda costa verla a los ojos, esos ojos verdes que
le recordaban a la más tierna infancia. Y peor aún, evitaba ver la invitante
comisura de sus labios. El lugar donde podía haber soñado por largas noches y
habitado por la otra mitad.
Las miradas no
se encontraban. La de Lola, por supuesto, era la más suplicante y pedigüeña.
Mientras que Brunna se hallaba perdída entre sus pensamientos y los deseos
siempre presentes cada vez que la tenía cerca.
Y hubo un
silencio tan largo como el de las madrugadas entre semana. Sin tráfico ni gente
gritando, mucho menos de algún aparato de música o la televisión. Y de repente
se empezaron a escuchar caer una por una pequeñas gotas de rocío que golpeaban
ligeramente la cima de los tejados de chapa. Muy pequeñas, pero los
suficientemente poderosas como para que a Brunna la abandonarán los miedos y
coloque su gorra en la cabeza de Lola. El sentido protector de aquel amor que
un día las unió alcanzó nuevamente protagonismo y esto hizo que Lola se
quebrante un poco más pero ya no había nada que disimular. Si bien las gotas de
lluvia se entremezclaban con las lágrimas, los sollozos eran más fuertes que
aquel ruido.
Ya vencida la
mirada de Lola se estaba apunto de perder entre las zapatillas que poco a poco
se iban mojando, pero algo interrumpió su trayecto. Eran los ojos de Brunna que
la habían encontrado como aquella mañana de sábado en el que la conoció. Era la
misma tierna, astuta y seductora mirada. Y tal como aquella vez se hicieron una
en el contacto visual.
En esta ocasión
se sabía que ya no pasaría lo que había pasado las otras veces y sólo atinaron
a mirarse por pequeños segundos entrecortados por las gotas de agua que
empapaban los rostros. Y los brazos de Brunna empezaron a acercarse para rodear
la parte superior de la espalda de Lola como si fuera una niña que abraza a su
padre cuando la recoge de la escuela.”
(Pequeño fragmento del capitulo sexto de Grises Vibrantes)

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