miércoles, 8 de marzo de 2017

PERMÍTEME

Querida mamá, querida niña de mi corazón, querida hermana, querida hija mía, querida amiga: Déjame luchar a tu lado, concédeme el privilegio de conocer cada uno de tus anhelos y poder ayudarte en tu tenaz batalla, permite que desde mi posición me cuestione y eduque a mis hijos de manera diferente.
Porque no necesitas felicitaciones, necesitas que te pidamos disculpas y que a partir de eso generemos cambios. Cambios en nuestra mentalidad y educación.

No quiero estar detrás de tu lucha y mucho menos asumirme protagonista, sino estar ahí, al lado. Porque de lado a lado lograremos eso a lo que otros le temen, porque a tu lado podré entenderlo todo de manera clara si me prestas un ratito tus ojos.

Querida mujer, la neblina es densa y si puedo ayudarte a soplar un poco lo haré. Porque admiro la lucha que haces día a día, que cuando las fuerzas parecen desaparecer tú haces invocaciones y le das de puntapiés al opresor sin olvidar de ayudar a levantarse a la que cayó.

Permíteme acompañarte cuando las lágrimas estén rondando tus pupilas para escapar porque veo tu lucha a diario. La veo en mis adoradas madre y hermana, en aquella que se hizo la  dueña de mi ternura, en la caserita, en la madre soltera que lleva a sus hijos temprano a la escuela, en la poetisa, en la activista, la veré en la sangre de mi sangre, la veo en todas partes.

Déjame, mujer, ser el Alexander Berkman de tu Emma Goldman porque tu lucha es mi lucha, desde el desarraigo de los pensamientos machistas con los que me criaron hasta el cese completo de mis funcionalidades que te han oprimido siempre. Déjame sentarme un ratito a tu lado para verte escupirle en la cara al macho que te dice que eres débil, aquel que se cree con derecho sobre tus decisiones, el que te pone una Biblia gigante sobre la cabeza para dominarte, el que te ve como un objeto de deseo,  el que se piensa que puede señalarte donde tienes que estar. Y déjame pasarte los ladrillos para que construyas tu emancipación total y así juntos construyamos nuestra libertad como lo que somos, como iguales.

Permíteme enseñar a las nuevas generaciones que así como ningún ser humano es propiedad del capitalista simplón que lo apatrona o del Estado que lo sojuzga, tú no podrías ser propiedad de ningún varón jamás porque eres dueña de ti misma.
Y por favor, dejame ayudar a que los niños del mañana sepan bien que no hay mayor delito que el encarcelar el vibrante corazón, espíritu, alma o cuerpo de una mujer.

#DiaInternacionalDeLaMujer #FeminismoEsIgualdad

lunes, 30 de enero de 2017

GRISES VIBRANTES (Cap VI)




“ -  ¿Eso es todo? ¿Ahora me dejarás? –dijo como claudicando la pregunta.
- Sabes bien que conoces la respuesta –replicó mientras toda prueba de fortaleza abandonó su rostro-. No se como decírtelo.
- La puerta estará siempre abierta –susurró levemente-. En cierta manera.
 Y entonces Brunna revisó su interior para ver si podría encontrar un poco de ese coraje que se había perdido en la media hora de trayecto hasta la casa de Lola. No lo halló.
Sus miedos y hasta sus deseos esquivaban a toda costa verla a los ojos, esos ojos verdes que le recordaban a la más tierna infancia. Y peor aún, evitaba ver la invitante comisura de sus labios. El lugar donde podía haber soñado por largas noches y habitado por la otra mitad.

Las miradas no se encontraban. La de Lola, por supuesto, era la más suplicante y pedigüeña. Mientras que Brunna se hallaba perdída entre sus pensamientos y los deseos siempre presentes cada vez que la tenía cerca.

Y hubo un silencio tan largo como el de las madrugadas entre semana. Sin tráfico ni gente gritando, mucho menos de algún aparato de música o la televisión. Y de repente se empezaron a escuchar caer una por una pequeñas gotas de rocío que golpeaban ligeramente la cima de los tejados de chapa. Muy pequeñas, pero los suficientemente poderosas como para que a Brunna la abandonarán los miedos y coloque su gorra en la cabeza de Lola. El sentido protector de aquel amor que un día las unió alcanzó nuevamente protagonismo y esto hizo que Lola se quebrante un poco más pero ya no había nada que disimular. Si bien las gotas de lluvia se entremezclaban con las lágrimas, los sollozos eran más fuertes que aquel ruido.

Ya vencida la mirada de Lola se estaba apunto de perder entre las zapatillas que poco a poco se iban mojando, pero algo interrumpió su trayecto. Eran los ojos de Brunna que la habían encontrado como aquella mañana de sábado en el que la conoció. Era la misma tierna, astuta y seductora mirada. Y tal como aquella vez se hicieron una en el contacto visual.
En esta ocasión se sabía que ya no pasaría lo que había pasado las otras veces y sólo atinaron a mirarse por pequeños segundos entrecortados por las gotas de agua que empapaban los rostros. Y los brazos de Brunna empezaron a acercarse para rodear la parte superior de la espalda de Lola como si fuera una niña que abraza a su padre cuando la recoge de la escuela.”

(Pequeño fragmento del capitulo sexto de Grises Vibrantes)

sábado, 28 de enero de 2017

A VOS

A tu pelo y a cada instante del oír palabras que salen de tu boca.
Al colapso de tu mundo y el mío cada vez que el reencuentro nos dice que ya es hora de ser.
A abrazarte como si hubiese esperado a verte por años.
A desórdenar toda mi cabeza y mi corazón varias veces como en aquella tarde de Junio.
A cada centímetro del contorno de tu rostro, de tus labios y del infinito paisaje de verte sonreír.
A besarte en la frente como para acariciar tus pensamientos y proteger lo que sueñas.
A la hoguera que encuentro en tus ojos en somnolientas gotas de rocío.
A la sublime transición de los segundos que pasan cuando vuelvo a verte de lejos y me acerco poco a poco a respirar tu aire de nuevo.
A esa locura sin desperdicio de fundir tus labios con los míos en largos momentos que en mi mente se hacen pequeños.
A esa incesante y saturada detonación de carcajadas tuyas que tanto me encantan.
A ese hogar apacible que encuentro en lo nuestro cuando te siento a mi lado aún estando lejos.
A esa noble disputa entre todo lo que te escribo y todo lo que te pienso.
A esa versión mía salpicada de miel que siempre te quiero regalar.
A esas pequeñas charlas con terceros en donde compartía la felicidad de sentir que a quien he amado más que a nadie me ama de nuevo.
A que mis más cercanos me vean sonriendo de oreja a oreja sin entender mucho de lo que me pasa.
A esa lenta agonía de no saber si mañana será igual o todo volverá a la normalidad.
A la simbiosis de temor y vértigo de no saber si volveré a verte.
A la tortuosa idea de verte mañana con tu verdadero amor.
A la horriblemente dolorosa idea de que mañana me veas enamorado de alguien que no seas vos.
A la infinita tristeza de no soñarte como te sueño ahora.
Al ardor del pecho de la inquietud de la no certeza.
A decirnos adiós una y otra vez con un mañana sin nombre.
A ese amor derivado de algo que no conozco.
A eso que siempre representas cada minuto de mi existencia.
A vos y sólo a vos, nadie más que vos.

martes, 24 de enero de 2017

GESTOS Y MIRADAS

Perseguidos por la insólita locura del ardor de sus mundos ellos solían hallarse de vez en cuando. No para desdibujarse en frenéticos caudales de pasión, sino para escribirse poesías el uno al otro sin tipografía alguna.

Con simples gestos y miradas eran capaz de solucionar riñas de años y días pasados. Ellos te enseñaban que la vida no era perfecta ni mucho menos que el amor mutuo pudiera entenderse de esa manera.
Era sólo eso, amor. Amor del puro, con sus calmadas brisas de verano y sus huracanados vientos, amor de pasión y compresión, amor de espectáculos enormes y escondites lúgubres. Amores de esos a los que la gente les teme porque les cuesta entender algo verdadero y con los tantos afanes les da pereza andar contruyendolo en la vida.

¡Vaya que habrán estado cerca de ceder a sus peores impulsos! Pero tanto frenesí se quedó paralizado poco antes porque no había impulso que le gane a la convicción de cuidarse el uno al otro más allá de un simple y débil compromiso.
Por años no claudicaron y sus pies se  mantuvieron en su sitio. Pintandose sonrisas el uno al otro como si ya no hubiera nada más que pintar en este planeta, fotografiando cada mueca por si fuera la última vez que la vieran.

Los años pasaron y los enjambres de sus sentimientos no perecieron. Zumbaban al ritmo de sus acelerados corazones cada vez que se aproximaban el uno al otro. Y se abrigaban en sus cálidos abrazos en el frío del invierno de sus vidas.
Y un día el invierno se llevó a uno de ellos. Y nunca hubieron tantas lágrimas quemadas en el borde de una sonrisa que rememoraba lo mejor de ellos. No había nada que lamentar cuándo se supo que ellos hicieron lo que mejor sabe hacer un ser vivo... Amar. Amar hasta que los dos pudieron reunirse de nuevo y recobrar la eternidad que un día se prometieron, sin papeles ni escritos, sólo con gestos y miradas.