Y mis flacas piernas y un poco de calor para disfrutar.
Calor no del que venía provocado por el sol incesante que empujaba las
ventanas y se metía adueñándose de la habitación donde me encontraba esa
tarde, sino calor del mío, mi calor propio, el de mi alma.
Me levanté de la cama donde me encontraba, me saqué la remera manga
larga y me quedé con la de manga corta que tenía puesta por debajo. Me
sulfuro viendo algo en la tele y me deshago de las medias, me vuelvo a
recostar. Cinco minutos más tarde me reincorporo para colocarme las
zapatillas, así sin calcetines como me parece haber visto que está de moda. Me
predispongo a engullir pedacitos de platano y mango nadando en
desglosado yogur. Me siento al borde de la cama y con el calor me
arremango los botapies de mi pegado pantalón.
Y allí estaban, mis blancas y flacas piernas saludándome, mis
pantorrillas haciendo reverencias a mis más delgados tobillos. Son
hermosas, me flirtean y se mecen. La frontera entre la parte con bello y
la lampiña juegan con la decoloración de la luz del sol. Me las quedo
viendo por minutos y percibo el placentero aroma de lo que pienso.
Y recuerdo que la primera vez que amé, amé a una mujer y sus adorables
estrías que testificaban mi llegada al mundo. Que cuando amé de grande
amé fuera de mis pensamientos condicionados por los estereotipos. Y me
pregunté por el momento en el que me circuncidaron la imagen de mi mismo
y me negaron el placer de verme y enamorarme de mi sin juzgarme.
Reconstruido mi prepucio de las verdades más allá de las
imposiciones externas de la belleza amé cada centímetro de mi humanidad.
Desde las cornisas de cada uno de mis oscuros y rebeldes cabellos hasta
el torcido dedo chiquito de mi pie. Pasando por mis delgados brazos,
los huesos que sobresalen entre el cuello y la caja torácica, mis -a la
vista- frágiles muñecas y el resto de mi raquítica existencia, incluidas
mis hermosas piernas.
Y supe que cuando te encuentre, amaré tus sublimes piernas
carnosas o casi tan flacas como las mías. Amaré tu cintura fina o tu bella
pancita, tus brazos de cualquier volumen pero llenos de amor, tus cabellos
multicolores, tus pechos pequeños o grandes llenos de vitalidad y ternura. Porque sé que cuando te vea a los ojos no necesitaré mirar nada más ni tampoco necesitaré decirte nada más, porque al verme me desnudarás el alma y sabrás hasta mis más íntimo secreto. Prescindiremos totalmente de lo que nos hayan dicho de las apariencias porque con nuestras almas echas nudo estaremos satisfechos; ya ahí nuestros cuerpos serán el deleite mutuo de la complementación de las esencias. Te amaré más allá de la opinión del resto. Amaré esa belleza que algunos
prefieren darle otro nombre, ciegos y víctimas de sus propios
prejuicios, atontados por los estándares que alguien les introdujo en un
enajenado compás de imágenes en los medios.
Y con esta mente destellante y sedienta del licor de
pensamientos como éste desee que todos se amen y amen así. Desee que se
lleven los dedos a los ojos y se arranquen de cuajo las percepciones que
les fueron impuestas. Y que fueran libres de los estereotipos. Libres
para amarse y amar. Así como yo amo mis blancas, velludas y flacas
piernas.