Incluso de las nuestras propias, de nuestros ojos cicatrizantes, de nuestro nudo en la garganta.
De nuestra memoria que de enero a diciembre se encontraba helada.
Se veían de vez en mes por no soportar esa voz que dentro de nosotros sabíamos que encanta.
Que encantaba nuestros ojos, oídos, piel y cabellos.
Que descarnaba nuestra vacía visión del mundo.
Que mecía nuestras pupilas como sellos.
Sellos de alguna carta que no encontró nunca su rumbo.
Nos destacábamos del resto sin pretenderlo siquiera.
Nos colgábamos de cruces en las que nos crucificábamos a nosotros mismos.
En esas cruces no podría estar cualquiera.
Seríamos nosotros de carne y hueso, antes de atravesar los abismos.
Te veo y te dejo el cascajo de mi respiración.
De mi ignota repetición, de mi constante abducción.
La abducción a la que no me acompañaste.
Cuando encontré aquel sello que dejaste.
Y veo pasajes del cuento que fuimos. De la errática
existencia de lo que no llegó a ser del todo.
Siempre pululando entre nuestras sombras. Manchas inquietas
que no quieren irse.
Dejándonos a orillas de las vías de un tren imaginario. Un
tren de cargas insalubres.
Estaciones abandonadas y enmohecidas. Cabizbajas ante las
grandes luces de la ciudad.
Así como lo que nos pasó, antes del choque de la furia de la
maquinaria.
Antes de la colisión desoladora, antes de la última
obertura.
Perdiendo quietud, asignando temores a caudales. Sin mesura,
sin remordimiento.
Nos despide sin palabras, con gestos de santa ironía.
Socarrona, como tú ayer, como yo hoy.
Socarrona, como tú ayer, como yo hoy.
