lunes, 1 de agosto de 2016
LOS ABANDERADOS
¿Donde terminarán? ¡Terminarán donde quieran!
Ellos flotan, viven, suspiran, echan legumbres y recogen sueños alimentados del odio y la furia.
Muerden y mastican con insondables ruidos, ruidos que nadie escuchó antes.
Mastican premisas del dolor ajeno y el dolor propio lo escupen. Acorazan sus verdades sin destinos, sin preocupaciones.
¿Quién no los envidiaría?
Están recostados, retozando en púrpura. Y en el suelo danzan sin compás de armonía sin identidad.
Se sientan meciendo sus pies mientras escuchan la voz de la melancolía de la esperanza y la desesperanza. Suena igual a Ian Curtis. Y la voz va acariciando sus pelos mientras el atardecer decide saludar.
Ellos son desastres enredados formando una bola holgada de sin sabores.
En sus rostros se pueden ver las cicatrices del jornal que les esputó la rutina en los años del régimen que los tuvo esclavos.
Ellos se besan, se besan sin demorar. Saben que los minutos no vuelven y que el diente de león no recuperará nunca más su forma después del mamporro del viento.
Ellos saben bien que aún no hay nada que se escribió acerca de ellos, que no se escribirá nada más de lo que en sus paralelos sueños imaginaron.
No temen más, duermen hasta el día siguiente. Dormirán hasta el amanecer inconcluso.
Cierran los ojos y desesperan a la parca. No cantarán sus canciones, no se oirá lo que ellos pensaron.
Nacieron y murieron en el pleno regocijo de la libertad que se auto impusieron.
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